A veces nos preguntan cómo interpretar nuestro octavo mandamiento, que nos invita a juzgar las intenciones y no solo las acciones. En este caso, queremos explicar cómo esto se aplica a algo tan cotidiano como las palabras. En la Iglesia Universal de La Vida, creemos que el verdadero peso de nuestras palabras no está en las palabras mismas, sino en las intenciones detrás de ellas. Por eso, decimos que no existen las malas palabras, solo las malas intenciones.
Un ejemplo sencillo es cuando alguien dice a su amigo: “¡Che, boludo!” o lanza una expresión como “¡Pero qué culo, boludo!” tras un golpe de suerte. Estas frases, lejos de ser ofensivas, suelen estar llenas de camaradería, humor y emoción. No hay malicia, no hay deseo de herir. Al contrario, reflejan la espontaneidad y la cercanía en nuestras relaciones.
Por otro lado, incluso la palabra más formal puede volverse dañina si se dice con desprecio o con la intención de lastimar. Las palabras son solo herramientas, y su impacto depende del propósito con el que las utilizamos.
Para nosotros, entender las intenciones detrás de las palabras es esencial para evitar juicios innecesarios y construir relaciones más auténticas. Si nos enfocamos únicamente en las palabras, corremos el riesgo de malinterpretar el mensaje. Pero si miramos al corazón de quien habla, podemos entender lo que realmente está intentando expresar.
En un mundo donde la comunicación es tan diversa y rica, practicar la empatía y escuchar con atención nos ayuda a valorar las verdaderas intenciones de los demás. Las palabras, por sí solas, no son buenas ni malas. Es el propósito detrás de ellas lo que les da significado.