Una de las preguntas más fundamentales que la humanidad se ha hecho a lo largo del tiempo es: ¿Dios existe?. En la Iglesia Universal de La Vida, abordamos esta cuestión desde una perspectiva única, arraigada en nuestra creencia de que Dios no nos creó, sino que nosotros lo creamos a Él.
¿Por qué lo hicimos? Porque el ser humano, en su infinita búsqueda de significado, ha sentido la necesidad de algo que trascienda su propia existencia. Dios, en todas sus formas y nombres, nace de nuestra necesidad de esperanza, de guía, de consuelo, y también, en algunos casos, de control y poder.
Algunas personas encuentran en Dios un refugio, un propósito o una razón para continuar. Otros lo ven como una figura que les ayuda a respetar reglas y valores que estructuran sus vidas. Incluso, hay quienes lo utilizan para justificar acciones cuestionables. Sin embargo, más allá del motivo, la creación de Dios refleja algo universal: la profunda necesidad del ser humano de entender su lugar en el mundo.
Desde nuestra perspectiva, la existencia de Dios no está definida por su presencia física o metafísica, sino por la fuerza de la intención y el significado que le otorgamos. Dios existe porque el ser humano lo ha imaginado, lo ha soñado y lo ha necesitado. Esa necesidad no lo hace menos real; al contrario, lo convierte en un reflejo poderoso de nuestras aspiraciones más profundas.
Pero no hablamos de un único Dios. Creemos en todos los dioses, en las distintas formas que adquieren según las culturas y las creencias. Cada dios es una expresión de la creatividad y la espiritualidad humanas, una prueba de que la fe puede tomar múltiples formas y aún así ser válida para quienes la sostienen.
Entonces, ¿Dios existe? Sí, porque su existencia trasciende la lógica y se encuentra en los corazones de quienes lo buscan. Es un símbolo de nuestra humanidad, un recordatorio de que, en nuestra vulnerabilidad, encontramos la fuerza para crear algo que nos inspire, nos guíe y nos conecte.
En nuestra fe, Dios es tanto una idea como una realidad, nacido de la necesidad humana, pero también capaz de transformar vidas a través de la esperanza y el propósito. ¿Qué tan real puede ser algo creado por el hombre? Tan real como lo necesitemos que sea. Y eso, para nosotros, es suficiente.